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domingo, 19 de junio de 2011

Tocar las estrellas con la punta de los dedos





















Cada vez que iba al parque de diversiones, corría a La Estrella. Aquella rueda giratoria, grande como un edificio, era mi favorita entre las atracciones.

Cuando comenzaba a subir, lentamente, experimentaba una desesperación casi dolorosa por llegar a la cima. Al sentirme en el punto más alto, levantaba los brazos y sentía que podía tocar las estrellas.

Se iniciaba el descenso y con él un cosquilleo indescriptible. Cerraba los ojos y dejaba que el vértigo subiera, encendiendo luces de colores, despertando al ángel que dormía en mi interior. “Si morir es tan fácil, no tengo por qué temerlo”... pensaba mientras extinguía mi ser para fundirme con el Universo.

Concluida la rotación del astro metálico, era depositada en el suelo y mi antiguo miedo a la muerte regresaba con punzante insistencia.

Y corría a comprar más entradas, para iniciar una nueva vuelta.


(c) Marié Rojas Tamayo






Ciudad Habana




Cuba




Versión el relato publicado en el libro “De príncipes y princesas”, editorial El Far, Mallorca.

dibujo: Ray Raspall Rojas

jueves, 24 de marzo de 2011

cuento: El planeta azul - Marié Rojas




















Muy lejos de aquí está situado un mundo donde todas las criaturas solían ser azules. Azules eran no sólo el cielo y las aguas, sino las plantas, las mariposas, las aves, los elefantes, las jirafas, los gatos, los perros y los Índigos, que era como se llamaban las personas que lo poblaban.

Conocían los demás colores, y a veces los usaban en sus casas, en las portadas de sus libros, en sus adornos o en sus pinturas, pero no concebían un ser vivo que no fuera azul, porque era lo que habían visto desde el principio de los tiempos.

Pero sucedió que un día nació un niño de color rosa. Por lo demás era parecido a cualquier otro Índigo, incluso en la sonrisa, pero esto no lo notaron sus compañeros de escuela, ni sus maestros, ni sus vecinos o amigos del barrio, que siempre lo trataban como si fuera un ser inferior o diferente, por esa tontería del color.

Se les olvidaba pensar que cada uno de nosotros – y de ellos – es diferente al otro, porque no nos gustan los mismos libros, o los mismos juegos, o pensamos distinto: a algunos nos gusta bailar, a otros pintar, a otros ir al cine, a otros cantar, a otros coleccionar sellos, a otros mirar a las estrellas... Y esta diferencia, en cambio nadie la nota, ni aquí, ni allá.

El caso es que Rosado – así le pusieron sus padres, que no encontraron mejor modo de llamarlo, a pesar de que lo amaban mucho porque el amor de los padres es incondicional -, siempre se sintió discriminado por su color, y esto era muy triste, porque era un muchacho muy despierto e inteligente.

A pesar de que estudió botánica y se graduó con honores en la Universidad, no se le permitió trabajar como investigador sino como jardinero. No obstante, fue tan bueno en su profesión, tan original y creativo, que terminó trabajando de jardinero en el palacio real.

Todos los días miraba, mientras plantaba, podaba y regaba las lindas flores de los jardines reales, a la princesa Celeste pasearse por los laberintos de árboles que él construía con precisión, semejando islas, corceles, figuras mitológicas como grifos, dragones o esfinges, o gigantescas mariposas que al golpe del viento movían sus alas compuestas de hojas azules.

La princesa era muy bella y el jardinero la amaba en silencio, pero no se atrevía a confesarle sus sentimientos, porque sabía que por la diferencia de su color nunca sería aceptado. Ella no parecía notar mucho su color rosado, pues se sentaba y conversaba con él largo rato; hablaban no sólo de las flores y las plantas, sino de la inmensidad del Universo, de la amistad y de las maravillas aún por descubrir en mundos inexplorados.

Mas el muchacho, a pesar de que disfrutaba enormemente estos ratos junto a ella, sabía que de ser descubierta su amistad, le sería prohibido mirar siquiera a su amada...

Un día, una extraña epidemia comenzó a azotar a los niños y niñas del reino Índigo. Extrañas manchas de color rojo les salían en la piel, ardiéndoles y dándoles mucha picazón, si las rascaban, era peor, porque se convertían en ronchas... Así no se podía ir a la escuela, ni salir a pasear o a hacer visitas; peor aún, los padres no podían ir a trabajar porque tenían que quedarse en casa a cuidar a sus hijos enfermos.

Si la enfermedad seguía extendiéndose, el reino iría a la ruina, nadie asistía a las fábricas, a las oficinas o a los centros comerciales; hasta los parques estaban vacíos, ¿quién va a querer jugar con esas manchas tan molestas y piconas?

El rey ordenó a sus médicos, científicos y farmacéuticos que buscaran entre las medicinas existentes alguna que curara el mal de las manchitas rojas. Muchos de ellos se excusaron, porque tenían que cuidar que sus niños no se rascaran demasiado o se le infectaran las ronchas, pero los que quedaron disponibles tampoco pudieron hallar la solución.

El soberano de los Índigo lanzó entonces una proclama, anunciando que aquel que descubriera el remedio para la enfermedad que azotaba a los pequeños, se casaría con la princesa Celeste.

Pasaron tres días sin que nadie respondiera a su llamado, ya todos los niños del reino se rascaban sin cesar y estaban llenos de pequeñas ronchas rojas... ¡Y pensar que hasta no hace mucho sus padres despreciaban todo lo que no tuviera color azul!

Al amanecer del cuarto día tocó a las puertas de palacio el joven Rosado, pidiendo ser llevado inmediatamente ante el monarca: ¡había descubierto el remedio para las manchas rojas en una flor que crecía en todos los jardines! Un simple cocimiento con sus hojas y en 24 horas los niños estarían curados.

Mientras los heraldos reales cabalgaban por el reino anunciando la solución y los padres corrían a hacer cocimientos con aquellas flores, el rey de los Índigo enfrentaba un dilema: Hasta el momento había despreciado a Rosado por su color, había hecho que trabajara de jardinero a pesar de saber que era un excelente botánico, y ahora debía cumplir la promesa de casarlo con su hija... Por ironías del destino, el futuro del reino estaría en manos de alguien de piel distinta a la suya.

Consultó con su hija, y para su sorpresa, la princesa Celeste le dijo que había aprendido a amar al joven Rosado por la belleza de su alma, por su inteligencia y por sus buenos sentimientos, sin mirar jamás el color de su piel.

Rosado casi se desmaya de alegría al oír tal confesión, pero se aconsejó mejor y corrió a abrazar a su novia. De este modo, el rey no tuvo más remedio que aceptarlo como su yerno y anunció la boda para el día siguiente.

Al otro día, todos los niños del reino estaban en las puertas del palacio, pidiendo ver a Rosado, para agradecerle por su rápida curación. Los padres habían tenido que reincorporarse a sus puestos de trabajo, pero no paraban de enviar telegramas, cartas, tarjetas y flores para el salvador de sus hijos. De este modo la ceremonia estuvo plena de alegría, con muchos pequeños invitados correteando por los jardines.

uando Rosado y Celeste tuvieron un hijo, y vieron que era un precioso bebé de color violeta, lo abrazaron y dijeron que era el niño más lindo que puede imaginarse. El rey estuvo de acuerdo.

Al poco tiempo nació en una familia otro niño color de rosa, y luego una niña, y en otra nacieron gemelos, y pronto hubo muchos niños rosados en el planeta azul. Mas no tenía importancia, porque lo que los hacía especiales era la película preferida, el libro más leído, lo que habían soñado, si les gustaba jugar con pelotas o a los escondidos, coleccionar sellos, minerales, postales, monedas o flores...

De esto que les cuento hace mucho, mucho tiempo. Ahora en ese planeta lejano todos son de color violeta, aunque a veces todavía nace un bebé de tonos rosados o azules... Pero eso no sorprende a nadie.

(c) Marié Rojas


Cuba


Ilustración: Pilar Ribas

domingo, 5 de diciembre de 2010

El día que no salió el sol - Marié Rojas Tamayo






EL DÍA QUE NO SALIÓ EL SOL

Cuento infantil

de Marié Rojas Tamayo

Ilustrado por Sarah Graziella Respall Rojas

EL DÍA QUE NO SALIÓ EL SOL


Aquella mañana los animalitos diurnos demoraron en despertarse. Los nocturnos hicieron horas extra esperando a que se marchase la oscuridad. Pero pasado un tiempo, comenzó a ser evidente que el sol no iba a salir. El murciélago voló a averiguar qué pasaba y regresó con la noticia:

Una nube inmensa, pesada y oscura, cubría al pobre sol, atrapado tras su sombra, sin posibilidad de anunciarse con uno de sus amaneceres coloridos.


Inmediatamente convocaron una asamblea. Los animales se reunieron alrededor de la sabia abejita, quien les dijo: “Hermanos, hay que rescatar al sol de esta nube que lo tiene preso, debemos encontrar una solución”.


Las mariposas propusieron alzar su vuelo lo más alto posible y batir alas con todas sus fuerzas… sabido es que el viento empuja a las nubes, llevándoselas a otras regiones. Allá volaron en bandadas. Pero por más que lo intentaron, la intrusa no se movió ni un poquito. Regresaron agotadas.


Habló la mamá de una familia de osos y propuso tirarle piedras a la nube; tal vez la asustaran y lograran que se marchara. Comenzó una andanada de piedras a volar por los aires. Pero descendieron a toda prisa para caer en la cabeza de los que no corrieron a esconderse.


Las arañas tejedoras propusieron hacer una gran red y atrapar a la nube, tirar de ella y llevarla lejos. Nadie estuvo de acuerdo porque una vez hecha la red no sabrían como hacer caer en ella al nubarrón…


Entonces un zunzún a quien nadie hacía caso, porque era el ave más pequeña del mundo, les dijo: “Ayer volé cerca de unos niños, les escuché decir que las nubes están hechas de gotas de agua y que si se canta muy alto se hace que estas gotas caigan. No sé si es verdad, ¡pero vale la pena probar!”.

Estuvieron de acuerdo. Cantar una canción no es difícil como cazar la nube en una red, ni fatigoso como abanicarla para que se marche, ni peligroso como lanzar piedras. Haciendo un gran coro, los animales comenzaron a cantar para que la nube se transformara en lluvia y dejara libre al sol. Aullaban los lobos, trinaban las aves, gruñían los osos, bramaban los ciervos, chillaban las ardillas…

Hasta la serpiente sorprendió a todos con su melodiosa voz.


De pronto, una gota cayó sobre la cabeza de la lechuza, que voló gritando: “¡Más, más, más!” El canto se elevó, a esa gota le siguió otra, ya eran millones, mientras la nube se iba desvaneciendo, dando paso a los primeros rayos de luz. Cuando quedaban apenas unas gotitas, el sol las transformó en un bello arco iris, agradeciendo a los animalitos su canción.


De este modo comenzó el nuevo día. No sabemos si fue gracias a la canción que la nube se transformó en lluvia, o si era un cuento más de los que suele inventar el zunzún, tan pequeñito como juguetón. ¡Lo cierto es que valió la pena intentarlo!

(c)Marié Rojas Tamayo

(c)Ilustraciones: Sarah Graziella Respall Rojas, 9 años

4to grado

Escuela Pepito Mendoza


Cuba

martes, 14 de septiembre de 2010

El cuarto vacío - Marié Rojas Tamayo


Para Enrique Pérez Díaz, amigo de los niños.

En la finca de Petronila había un cuarto siempre vacío, uno de los más cómodos de la casa, con una amplia ventana, una cama, una cómoda y vaporosas cortinas en vez de puerta, como suele ser en los pueblos de campo. Cuando los que no conocían la historia le preguntaban si era el cuarto de huéspedes, ella respondía que no, que era el cuarto del fantasma.

El cuarto de huéspedes era más pequeño, estaba situado cerca de la cocina, por tanto era más caluroso y estaba impregnado de los olores al asado del día.

Aún así, nadie se atrevía a dormir en el cuarto grande, se decía que en la noche se escuchaban extraños ruidos, voces quedas, arrastrar de muebles inexistentes… A los pocos que se habían arriesgado a intentarlo, no más cerrar los ojos, les soplaban la nuca, les retiraban la sábana, luego la almohada y si aún así no se despertaban, les tiraban de los pies. Ese tirón, larga vez necesario, terminaba el asunto.

La casa no era muy antigua, la había construido el esposo de Petronila haría unos 30 años, y nadie había tenido tiempo aún de fallecer en ella. Originalmente ese había sido el cuarto de las hijas, mientras el más pequeño de los cuartos se asignaba a los hijos. El error, contaba Petronila, había sido dar en matrimonio una tras otra a las dos muchachas y no mover rápidamente para la habitación vacía a uno de los varones, pues ahí el fantasma encontró la vacante y corrió a apropiarse del lugar.

Como no eran de buscarse problemas, no habían hecho intento de exorcizarlo, los hijos habían encontrado pronto a sus respectivas medias naranjas, dejando con ello otro cuarto vacío que pasó a ser el de los huéspedes. ¿Qué más daba que el fantasma viviera en el que quedaba, si el matrimonio se pasaba el día trabajando, él en la cooperativa, ella en la casa y, cuando llegaba la noche, el cansancio no les daba tiempo ni de bostezar? Las limpiezas se hacían en horario diurno y mientras duraba la luz el fantasma hacía respetuoso mutis.

Así fue durante unos siete años, hasta que recibieron a los parientes de la capital. El día que hizo su entrada Leonor, la medio hermana de Petronila, con sus dos hijos, el fantasma no podía imaginar lo que le esperaba.

No hubo modo de convencer a Doña Leo de dormir con los dos chicos en el cuarto pequeño, había mucho calor y olor a pescado frito, ¡a quién pudiera pasarle esto por la mente, habiendo otro cuarto disponible! A Leonor no se le podía llevar la contraria, eso lo sabían todos… menos uno.

Una de las hijas de Petronila se llevó al mayor a dormir en su casa. La menor decidió dormir en casa de la tía, pero llegada la noche se negó rotundamente a usar el cuarto con fantasma… pronto se pudo comprobar que en lo tozuda había salido a su madre.

- ¡Allá tú con tu condena! – le espetó Leonor entregándole un par de sábanas limpias - ¡A mí no hay fantasma que me gane! Si viene con sus soplidos y sus cosquillas, ¡verá la clase de bofetón que le voy a arrear! ¡Y que no se le ocurra quitarme la sábana porque me tapo con él!

Y corrió las cortinas de un tirón.

A media noche la niña sintió unos sollozos desgarradores casi pegados a su oído. En el campo, una vez que se apagan las luces, reina una oscuridad absoluta, tan intensa que no se pueden ver siquiera las propias manos. Medio adormilada, se sentó en la cama:

- ¿Qué te pasa? – dijo.

- ¡He perdido mi honor! – una voz ronca le llegó mezclada con hipidos y gimoteos - ¡Adiós a mis noches de gloria!

- Oye… ¿no serás quien estoy pensando? – preguntó ella, espabilándose.

- Lo soy, pero no grites, por favor, no hagas mayor mi deshonra.

- Está bien… de todos modos no te veo, así que me da lo mismo, no voy a asustarme por una voz. Ahora deja de lloriquear y dime qué te ha pasado.

- ¡Tu madre me ha pasado! ¿Quieres algo peor?

La niña emitió una risita, pero como los lloros arreciaron, decidió retomar el tono compasivo.

- Tal vez si te desahogas te sientas mejor, eso dice mi abuelo cuando viro llorando de la escuela porque la insoportable de Lily me ha tirado de las trenzas.

- ¿Qué quieres que te diga? Siempre fui muy distraído, me costaba trabajo concentrarme, yendo de la cocina a la sala olvidaba lo que había ido a buscar, tenía que regresar a la cocina y, al volver a la sala, lo olvidaba de nuevo; así me pasaba el día, casa arriba, casa abajo... Cuando llegó la hora de mi muerte, vi un largo túnel y al final una luz, solo había que seguirlo; pero a mitad del camino me confundí, hube de regresar para intentar recordar qué estaba buscando y, como resultado, se cerró el túnel: me tuve que convertir en fantasma. No era tan malo después de todo, pero aquí no hay castillos, los fantasmas de campo suelen quedarse en sus propias casas y, ¿no adivinas? ¡La mía fue ocupada por mis nietos gemelos, que estaban formando un grupo de rock! La convivencia se hizo imposible. Estuve desandando el pueblo en busca de un sitio confortable hasta que di con esta finca, indiscutiblemente adorable, ¿no has visto por la mañana, cuando el sol sale por detrás del framboyán, qué espectáculo tan fabuloso?... No, claro, acabas de llegar, ¡ya lo verás mañana, no te lo pierdas! – suspiró hondamente - Como siempre me gustó la soledad, me encargué de apropiarme del cuarto grande y dejar bien claro que no me gustaba ser molestado… hasta que llegó tu madre y con ella mi infortunio.

- Prometió darte una bofetada… - susurró la niña.

- ¿Una? No, hubiera sido muy dulce de su parte… - se dejó oír un sollozo pequeñito, apagado por una risita velada que venía del otro lado de la cama - Cuando le soplé la nuca, un truco que casi nunca falla, sacó un spray de debajo de la almohada y me ha rociado hasta dejarme ciego, aprovechó mi sorpresa y me ha dado una tanda de golpes que no te cuento, no por gusto le dicen “Leo”… ¡Yo que pensaba que era por el nombre! No me atreví a chillar para que nadie viniera corriendo a ver el espectáculo, aguanté como un valiente, confiando en que en algún momento se cansara.

- ¿Y lo hizo?

- No fue tan fácil: Cuando no cupo un puñetazo más en mi ectoplasma, me arrugó como si fuera ropa vieja y me echó en una gaveta de la cómoda. Pensé que si me quedaba quietecito ahí, podría idear algo más feroz, algo tremebundo, horripilante, realmente fantasmagórico… pero tu madre se acostó a dormir y…

- Sigue, sigue, imagino lo que viene… - rió ella bajito.

- ¡Se ha puesto a roncar! ¡Y eso sí es demasiado para un oído tan fino como el mío, acostumbrado a los trinos, al viento arrastrando las hojas secas y al rumor de las cascadas! Salí huyendo, con la moral destruida, sin deseos de otra cosa que desaparecer, pero no puedo, porque soy un fantasma… Entonces entré a este cuarto a desahogar mis penas, sin recordar que estabas durmiendo en él.

- Los ronquidos de mi madre – rió la niña de nuevo -, ¿por qué crees que pedí dormir en este cuarto a pesar del calor y del olor a pescado frito? Contigo yo sabía que ella iba a poder, ¡pero ni tú, ni yo, ni nadie puede con sus ronquidos!

- Ay de mí, ay de las rotas aristas de mi vanidad – gimió el fantasma -, ¡nunca más podré aterrorizar! Tendré que hacer terapia, tal vez yoga, tai chi, o acupuntura; me volveré dependiente de las píldoras para dormir o de las esencias florales para no tener que pasar las noches en vela, no tendré el valor de ir a las reuniones anuales con mis colegas, no asustaré a un mosquito, no podré ni escribir mis memorias porque lo poco que recordaba, luego de esto, es mejor olvidarlo… me arrugaré, mi sabanita se pondrá horrible y olerá a moho… ¡Ay de mí!

- No seas teatral, anda, no te pongas así, que me voy a desvelar – le dijo ella -, nadie tiene por qué enterarse. Fingiremos que te has mudado a otra casa hasta que mi madre y yo nos vayamos. Solo estaremos aquí un fin de semana y dudo que volvamos en varios años. Después puedes volver a hacer de las tuyas, te aseguro que Petronila y su esposo están muy contentos de tenerte con ellos.

- ¿Lo crees? – el fantasma dejó escapar un suspiro lleno de esperanza.

- No lo dudo, tener fantasma le da categoría a una casa.

- ¿De veras? ¡Tal vez sea cierto! Cuando hablan de mí, me parece escuchar un deje de orgullo en su voz.

- No te pases… no es para tanto. Mientras llega el lunes por la mañana, hora en que nos marcharemos a casa de otra de las hermanas de mi madre, si prometes portarte bien, te dejaré dormir en este cuarto, elige un lugar en el suelo y prometo no pisarte si me levanto a tomar agua.

- ¿De veritas? – sollozó el fantasma.

- ¡Pero no te vas a poner a llorar de nuevo! – protestó ella.

- No, no, lo siento – suspiró – es pura emoción, soy muy sensible, ¿sabes? ¡Hace tanto tiempo que nadie me trataba bien!

- Lógico, te la pasas asustando. Ahora a dormir, que estoy muy cansada, llevo un mes conociendo tías y primos. Mi nombre es Maire, y el tuyo… deja, prefiero ignorarlo, hablas demasiado y se me cierran los ojos, ¡hasta mañana!

Se arrebujó de nuevo en sus sábanas, pero no había transcurrido un minuto cuando escuchó de nuevo la voz ronca.

- ¿Maire?

- ¿Y ahora qué? – preguntó sentándose en la cama y chocando con algo frío y esponjoso.

- Lo siento, me había inclinado para ver si ya dormías – se disculpó el fantasma retrocediendo - ¿Puedo dormir a los pies de la cama? Estoy algo oxidado, nunca hago ejercicio, y tengo miedo ponerme perdido del dolor de huesos si duermo en el suelo, que está helado, húmedo, pueden darme alergias o, peor aún, pesadillas… Y llevo muchos años durmiendo en un colchón de muelles.

- Huesos, alergia, pesadillas… - refunfuñó ella -. Está bien, la cama es enorme y yo ocupo solo la cuarta parte, puedes dormir a los pies, siempre que no me hagas cosquillas.

- Claro, no se me ocurriría, mil gracias, de veras, ¡gracias!

- Duérmete ya…

- Maire… ¿No te da miedo dormir con un fantasma?

- Por supuesto que no, he dormido con mi hermano y con mi madre.

- Alguien me dijo, hace tiempo… que si lograba dormir con un ser vivo una noche entera sucedería algo muy importante, pero no recuerdo qué; intenté con dos pollitos y tres lagartos, pero los primeros son muy intranquilos y los segundos me daban escalofríos.

- Al paso que vamos será solo media noche, ¿quieres dormirte?

- ¿Somos amigos?

- Lo seremos si me dejas dormir un ratito, ¿sí?

- ¿Puedo contarte algo? Los amigos se cuentan secretos…

- ¡Si me juras que luego te dormirás!

- ¿Sabías que duermo con un osito de peluche desde que era un bebé? Nadie lo ha descubierto porque no se atreven a registrar mucho el cuarto, los días de limpieza me lo llevo para cualquier sitio de la finca, casi siempre me siento a la sombra de un árbol hasta que terminan.

- ¿Un osito? – dijo ella entre sueños - ¿Eres un fantasma que duerme con un osito?

- Se llama Boris. Está viejito, pero es precioso… En la casa donde viví, si es que alguien lo recuerda, todavía lo deben estar buscando para botarlo. Botaron mi pipa, mis libros con flores secas entre las páginas, mis corchos de ocasiones memorables, mis poemas, mi colección de caracoles… - la voz se fue apagando.

A la mañana siguiente la niña despertó, pensando en el extraño sueño de la noche anterior. No creía en fantasmas ni aparecidos, pero con tantas historias justo antes de dormir, el cansancio del viaje y los ronquidos de su madre, que aún salían del cuarto grande, era posible soñar cualquier cosa.

Lo importante era no perderse la salida del sol por encima del framboyán… alguien le había dicho que era imperdible, luego recordaría quién. Se sentó, buscando sus pantuflas con las puntas de los pies, al no encontrarlas, miró al suelo y...

Reclinado a los pies de su cama se encontraba un osito de peluche que en un tiempo fue dorado; apenas le quedaban pelitos, el lazo de terciopelo estaba raído, pero no por eso dejaba de ser lindo. Todavía no se ha visto un oso de peluche que no dé ganas de abrazarlo.

Eso hizo. Al levantarlo, vio que a su lado había una nota, garabateada en papel de estraza del que usaban en la cocina para escurrir la grasa de las frituras, también lo alzó. El papel decía:

Para Maire, de su eterno amigo - ¿me quedó bien lo de “eterno”?

Jijijiji -, te dejo a Boris porque a donde voy no puede acompañarme,

¡quiérelo mucho!

(c)Marié Rojas Tamayo

Dibujo: Ray Respall

Cuba