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martes, 30 de enero de 2024

El último canguro - Araceli Otamendi

 

      




                                          “Platero es pequeño, peludo y suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón”

                                                 Juan Ramón Jiménez

Dicen que soy el último canguro, sobreviviente de una especie extinguida. ¿Cómo llegué aquí vivo? No sé, además con las facultades de leer y escribir. Antes masticaba hierba y era un marsupial. Ahora escribo, después de la masacre, ahora escribo.

Primero fue la ley que autorizó a matar a los canguros por cantidades racionales, antes de que nos transformáramos en una plaga. Un tiro en la cabeza y caímos muertos.

Por lo general, los francotiradores evitaban hacerlo cerca de las piscinas, dicen que el color rojo en el agua era feo y arruinaba el . paisaje.

Algunos quisieron vendernos como carne de caza para el restaurant. No éramos lo suficientemente exóticos. Demasiado domésticos. Saltando en los jardines con la cría a cuestas, en la bolsa, después de matarnos , hubiera sido mucho.

Es cierto que parecía un complot. Nos reproducimos a un ritmo vertiginoso. A muchas personas  -si es que pueden llamarse así – les parecía tierno el espectáculo de un canguro madre con el bebé a cuestas. Pero todo tiene un límite, decían. Todo y nosotros, los canguros, no fuimos la excepción. Dicen, porque alguien siempre dice, que yo era pequeño, peludo y suave como Platero. Después me hice grande, tomaba mucha agua, vaciaba piletas. Entonces empezó la persecución.

¿Por qué quedé yo? Además con las facultades de leer y escribir.

Primero, presumo, porque vivía en un bosque, donde había aborígenes. Ahí aprendí mucho de ellos. Dibujar con cortezas, por ejemplo. Ellos me enseñaron el arte del dibujo y también de leer y escribir.  ¿Cómo sabían? No lo sé, pero nos comunicábamos bien.

El jefe decía que yo le traía suerte y debía acompañarlo a todos lados, hasta el pueblo más cercano. Ahí compraba cosas, las cambiaba por hilos, tejidos, cosas que hacían ellos, los aborígenes, no se daban cuenta, eso me parecía a mí, de lo que iba a venir.

Ahí vi que las personas estaban locas, corrían, viajaban en artefactos extraños, a velocidades increíbles. Vivían atascados en congestionamientos  de tránsito. De noche, al llegar a sus casas estaban exhaustos. Miraban un cuadrado luminoso donde  otras personas, sin mirarlos, vivían una vida distinta, llena de colores, a veces. Otras, en blanco y negro. Los espectadores, después, imitaban a los de la pantalla, corrían más para vivir como los otros, los del otro lado. Vivían vidas artificiales, encerrados, compraban, compraban, para parecerse a ellos, los otros, los de adentro de la caja.

Después de ver eso yo prefería el bosque. Tal vez me hice un poco salvaje. Dormir bajo las estrellas, sobre el pasto tiene su encanto. Soñaba con praderas verdes, con árboles llenos de hojas, con cielos azules, con lagos de agua dulce y cristalina. ¿Era demasiado pedir?

Lo horroroso ocurría los fines de semana, cuando las personas llegan. Entonces lo cubrían todo con los autos, los papeles, los manteles sobre el pasto, las botellas de plástico.

¿Por qué me hice canguro y escritor? No lo sé, me vino dado, fue mi destino. Alguien debía contar la catástrofe.

© Araceli Otamendi

domingo, 16 de febrero de 2014

Helados - Carlos Marianidis

  
   La señora Heredia llevó a sus hijos a la plaza. Durante horas, al calor del sol, Hugo y Horacio jugaron a la pelota, se hamacaron en el arenero y corrieron carreras entre los árboles.  
A la vuelta, los dos estaban cansados y sedientos. Entonces vieron, a lo lejos, una figura enorme: un gran triángulo amarillo de dos metros de alto. Era angosto y apuntaba hacia abajo. Pero lo más interesante estaba arriba, donde brillaba un redondel rosado y blanco.
- ¡Helados, ma! ¡Allá hay helados! –gritó Horacio.
- ¡Sí, mamá! ¡Vamos a tomar helados! –lo imitó Hugo.
  Los dos se colgaron del vestido de su madre por media cuadra, hasta que la convencieron.


  Mujer y niños se acercaron al mostrador. Los atendió un hombre vestido como hindú, todo de blanco
- ¡Buenas tardes! ¿Qué sabor quieren?
- Frutilla con chocolate –dijo Horacio.
- Limón y banana –dijo Hugo.
   Los dos miraron cómo el hombre destapaba cuatro latas distintas. Cada vez que lo hacía, brotaba un frío vapor blanco que se le subía a la cara. En un minuto, dos cucuruchos estuvieron llenos. Después, la madre pidió el suyo.
   La señora Heredia estaba contenta de ver a sus hijos sentados a la mesa, listos para disfrutar sus helados. Pero, en ese momento, empezó una discusión.
- ¡Yo quiero ese! –lloriqueó Hugo, el menor, señalando a su hermano.
   Horacio, risueño, se relamía con su lengua sumergida en chocolate.
   La madre lo miró, sin entender.
- ¿Cómo que quieres ese...? ¿Por qué justo ese? ¿Acaso no te preguntó el señor qué sabor querías...?
- Sí... –respondió Hugo-. ¡Pero el de Horacio tiene dos colores! ¡Y el mío, uno solo!
   Horacio levantó los hombros. Y le respondió a su hermanito mientras reía sin parar.
- ¡Porque el limón y la banana son amarillos! –dijo, burlón.
   La mujer apoyó la cara entre las manos. Se quedó así, mirando a sus hijos. Luego, le dio a Hugo su propio helado blanco y verde de ananá y menta. Al final, se tomó ella el helado amarillo, aunque el sabor ácido era lo que menos le gustaba.
   Y mientras sus hijos se reían por la cara fea que ponía al probar el limón, la señora Heredia pensaba...
- ¡Qué paciencia tenemos las madres!

(c) Carlos Marianidis
Buenos Aires

martes, 27 de agosto de 2013

Pequeños miedos - Carlos Marianidis

P E Q U E Ñ O S    M I E D O S   





    La mamá de Mario estaba preocupada. Todas las noches, a la hora de dormir, su hijo lloraba.
- Le tiene miedo a la oscuridad –dijo Marcela, su hermana mayor. Y se tapó la boca, divertida-. ¿Viste? Al final, no sirvió de nada pintarle tantos dibujos en las paredes.   
    Entonces, la señora puso cara de estar enojada y miró hacia abajo.
- ¡No te rías de tu hermano! ¡Tú también fuiste así de chiquita! ¡Y también llorabas por todo!
    La niña escondió las manos tras la espalda, dio media vuelta y se fue sin decir una palabra. Después de unos minutos, volvió con un libro.
- ¿Y si le leo un cuento para que se duerma...? –preguntó.
- ¡Qué buena idea! –le sonrió la madre. Y siguió planchando los delantales de la escuela y el jardín.  

    La noche volvió a estar tranquila y silenciosa. Pero, de pronto, explotó otro llanto de Mario. Enseguida, junto a la mesa de planchar, pasaron los rulos de Marcela.
- No le gustó la historia –dijo la niña. Y se fue a la cocina a hojear su nuevo álbum de figuritas.

    Una noche, en puntas de pie, la señora se acercó al cuarto de Mario para ver qué ocurría. Orgullosa, vio a su hija sentada junto a la pequeña cama... La escuchó con atención... ¡Y entonces supo por qué el pobrecito lloraba todas las noches!
    La niña abrió un gran libro, pero en vez de leer, inventó una historia.         
- Había una vez un príncipe llamado Mario –dijo ella en voz baja-. Vivía encerrado en un frío castillo que tenía las paredes llenas de dibujos. Había osos, elefantes, leones... Y, por las noches, mientras Mario dormía... los animales tomaban vida, les crecían colmillos enormes cubiertos de sangre... ¡y bajaban de las paredes para comerse al príncipe!

    ¡Qué cosa, la gente celosa! Hay niños que, cuando les nace un hermanito, tienen miedo a que los padres ya no los quieran como antes. ¡Hasta viven años enteros con esa idea!
    Y tú... ¿quieres saber cómo termina esta historia?
    Marcela tuvo una semana de castigo: siete días sin ver la tele. Por asustar a su hermano.
    El padre de Mario quitó todos los dibujos y pintó el cuarto de color celeste cielo.
    Y esa noche, mágicamente, Mario dejó de llorar. Porque supo que los únicos animales terribles (igual que todos los miedos) salen de... ¡la imaginación!

(c) Carlos Marianidis
Buenos Aires

Carlos Marianidis es escritor 















martes, 3 de enero de 2012

Cuento: La fortaleza de la unidad - Helí Ronald Leiva Echevarría












(Buenos Aires)

El cuento La fortaleza de la unidad, de Helí Ronald Leiva Echevarría (Lima, 1980)resultó ganador en el Concurso Contra el acoso escolar, organizado por la revista Barco de papel.





LA FORTALEZA DE LA UNIDAD

Empezaba nuestro primer año de educación secundaria y, cómo era costumbre en nuestra localidad, los colegios superiores recibían a los niños que habíamos concluido nuestra educación primaria.

Mi colegio era mixto, es decir éramos alumnos varones y mujeres. Entre mis compañeros nuevos, se encontraba un niño de doce años. Era mediano de estatura, tenía la piel quemada por el frío, típico de las personas que han vivido por años en zonas altas de la cordillera; tenía unos ojos negros pero temerosos y siempre mantenía la cabeza agachada como esperando recibir una orden, reprimenda o castigo.

Desde el primer día de clases, la mayoría de compañeros lo apartó y, cómo cada niño escogía con quién compartía su carpeta bipersonal; Lucas, que así se llamaba mi compañero de clases, fue relegado a la última fila.

Dentro del salón de clases se nombraba a un brigadier o alumno con buenas calificaciones, para que se encargara de velar por el orden interno en el salón de clases. Esta responsabilidad en esa oportunidad recayó sobre mí. Cada día que pasaba era testigo de cómo otros niños, maltrataban a Lucas. Le ponían sobrenombres como “dinosaurio” porque lo veían pasado de moda, y lo convertían en el centro de las burlas con otros insultos irrepetibles que, con sólo oírlos, indignarían a cualquier persona.

En una ocasión, Fernando, el alumno más alto y abusivo del salón, golpeó a Lucas por el simple hecho de no haberlo saludado. La persecución contra el pobre Lucas era tan asfixiante, que dejó de asistir a clases por espacio de una semana.

Decidí indagar por el paradero de Lucas, para poder visitarlo y tratar de ayudarlo. Comenté con mis padres la situación de mi compañero y ellos me ayudaron a ubicar la dirección de mi colega. Fui a visitarlo y conocí su triste realidad. Lucas era un niño huérfano de padre y madre que vivía en una casa con una hermana mayor. Ésta hermana mayor, madre de tres hijos, salía a trabajar de día y regresaba a casa por la noche. Lucas llegaba de clases y cocinaba el almuerzo para sus sobrinos. En las tardes, preparaba unos dulces en base a azúcar, maní y coco y los vendía en la puerta de otro colegio cerca de su casa. Con ese dinero ayudaba a comprar los víveres y útiles escolares para él y sus sobrinos.

Animé a Lucas a volver al colegio. Le hice ver que necesitaba estudiar para poder ser una mejor persona y tener posibilidades de progresar en la vida. Me comprometí a defenderlo y apoyarlo en lo que se refería a las clases, tareas y en cuanto a los demás compañeros del salón. Al principio, Lucas no quiso volver al colegio, pues temía ser maltratado nuevamente. Le prometí que hablaría con los profesores y los demás para que lo traten mejor.

Con ayuda de mi profesora asesora se citó a una reunión de urgencia a los docentes y padres de familia. En ésta reunión se trató el caso del niño maltratado y se comprometió a los padres para que conversen con sus hijos a fin de evitar un futuro maltrato.

Igualmente los docentes hablaron en su horario asignado, invocando a la unidad entre los integrantes del salón. La psicóloga del colegio también impartió charlas para que los alumnos aprendieran a rechazar la discriminación. Sin embargo pese a las sugerencias y advertencias, un grupo de alumnos de pésima conducta

A pesar de las advertencias y compromiso de los padres, algunos alumnos se mostraban reacios a respetar a Lucas y hacían caso omiso de las advertencias. En forma sutil, lo marginaban y en el peor de los casos lo agredían cuando los docentes estaban ocupados, de manera que no podían percibir el maltrato.

Un día durante la clase de educación física, el profesor nombró a los líderes del grupo para conformar los equipos de fulbito. Nombraron a José, Raúl, Percy y yo.

Los líderes de cada grupo empezaron a elegir a los mejores jugadores:

Fernando, ven a mi equipo- gritó Raúl.
Luis, ven con nosotros- dijo Percy.
Jhonatan, únete a los mejores- dijo José
Lucas, eres bienvenido- dije sonriendo.
Todos incluyendo Lucas se sorprendieron de mi elección. Incluso algunos de ellos trataron de convencerme, inútilmente claro, de que sacara a Lucas de mi equipo.

Miren muchachos – les dije- si no están de acuerdo con mi decisión pueden cambiarse de grupo.
Inmediatamente Manuel, Kevin y Adrián se retiraron de mi equipo dejándonos a Lucas, a Orlando y a mí.

Me acerqué al profesor y le pregunté qué alumnos no tenían equipo. Me señaló a tres compañeros que habían sido apartados por los demás. Estos tres niños que habían sido discriminados eran: Wilmer que tenía anteojos, Elmer que era pequeño de estatura y Serafín que sufría de obesidad. Me acerqué a ellos y les pregunté si querían jugar para mi equipo. Ellos se alegraron de ser parte de mi grupo.

Antes de iniciar el pequeño cuadrangular relámpago entre los cuatro equipos, reuní a mi grupo y les arengué a luchar por conseguir un triunfo.

El día de hoy nos hemos reunido para conformar un grupo selecto de amigos. Un grupo unido que ha logrado conformarse debido a nuestras habilidades especiales y no por nuestros defectos. Cada uno de nosotros lleva dentro de sí a un campeón con sed de gloria, que ya está cansado de ser humillado y de vivir menospreciando sabiendo que tienen todo el potencial de levantarse y vencer a todos los obstáculos que le impiden progresar. Hoy es el día de desterrar nuestros miedos. Nadie es más, ni menos que nosotros. Somos un grupo de hermanos que buscamos ganarnos el respeto de los demás a costa de nuestro esfuerzo. Nadie sino nosotros somos los dueños de nuestro propio destino. Unidos nadie nos vencerá, ni nos maltratará, ni perseguirá. Todos protegemos a uno y uno verá por la protección de todos. ¿Están decididos a ser campeones el día de hoy? – grité con todas mis fuerzas.
Sí me respondieron al unísono mi equipo-
Muy bien, les dije. Ahora vamos a utilizar nuestras fortalezas para vencer nuestras debilidades. La estrategia es muy sencilla, sólo necesito que me presten mucha atención.
Orlando y Elmer – dije separándolos del grupo - ustedes serán los encargados del ataque. Ustedes son los más pequeños, pero también los más veloces. No enfrentarán directamente a los rivales, porque en un choque frontal, los demás equipos nos destruirían. Pero seremos más inteligentes que ellos. La fuerza que nos falta la compensaremos con su velocidad para conducir la pelota. No se dejen alcanzar por los demás.
Wilmer - le dije al niño de anteojos- Tú serás el encargado de transitar la pelota entre la defensa y el ataque. Si bien es cierto, tu apariencia te hace ver como un muchacho frágil; sin embargo eres una de nuestras armas secretas. Serás rápido al pasar la pelota, de la defensa al ataque y del ataque a la defensa; de esa forma no permitirás que te toquen cuando tengas el balón y nadie tendrá una excusa para chocar contra ti.
Lucas y Serafín – dije señalándoles la posición que les correspondía en el campo de juego- ustedes serán la defensa. Lucas – dije mientras lo miraba a los ojos- tú sabes lo que es soportar las inclemencias del tiempo y de la gente. Eres fuerte y necesitamos esa fortaleza para que no dejes pasar ninguna pelota hacia el arco. – Serafín – dije mirando al más grande de nosotros- tú eres grande y fuerte, muchos se burlan de ti porque sencillamente es una forma de expresar el temor que te tienen por las grandes cosas que puedes lograr. Al igual que Lucas te encargarás de no permitir la entrada de ningún balón al arco. También protegerás a Lucas, a Wilmer y a mí de los ataques de los demás; y cuando los demás quieran atacarte estaremos ahí para defenderte.
Finalmente yo me encargaré del arco. No se preocupen que siempre he practicado en esa posición. Si todos cumplimos con nuestras obligaciones y nos protegemos unos a otros nadie nos vencerá.
El campeonato que se desarrolló entre los cuatro equipos será recordado por muchos años. Nosotros éramos, a decir de todos, el peor equipo. Y ésa era nuestra fortaleza. Al habernos subestimado los demás equipos, se relajaron y quedaron descubiertas ante nosotros sus debilidades. Esas oportunidades no las desaprovechamos y pudimos sorprender a todos nuestros rivales. De nada sirvieron los esfuerzos de los demás, pues nuestro ataque era rápido y contundente. El equipo de José cayó goleado 5 a 0. El equipo de Percy nos adelantó en el marcador con un gol, pero nos recuperamos y Orlando metió el empate. Sobre el final un tiro de esquina sobre el arco contrario cayó a los pies de Wilmer que metió el gol del triunfo. Marcador final 2 a 0. El último partido era el definitivo. El equipo de Raúl era el candidato para ganar la copa. El partido fue intenso, Fernando buscaba la oportunidad de patear a Lucas, pero éste era rápido y se resguardaba donde Serafín. Contra Serafín no podía nadie. Quedamos 0 a 0. La final fue por penales. Tapé tres penales y Wilmer, Elmer y Lucas nos dieron los tantos del triunfo. Terminamos 3 a 2 y ganamos la ansiada copa.

De ahí en adelante nos volvimos un grupo muy unido, nuestra amistad no quedó en la cancha. Nos cuidábamos entre nosotros y ante cualquier forma de abuso, éramos los primeros en denunciarlo ante los profesores y el director. De esa forma no sólo nos cuidábamos nosotros, sino que también ayudábamos a prevenir cualquier forma de abuso contra algún inocente compañero.

(c) Helí Ronald Leiva Echevarría












Lima



Perú


dibujo:

de la serie Dibujos del C.P. Constantino Ródenas de Quart sobre que quieren ser de mayores

viernes, 30 de diciembre de 2011

Fallo del Concurso literario contra el acoso escolar

En la ciudad de Buenos Aires, a los 30 días del mes de diciembre de 2011, se ha elegido el cuento ganador del Concurso Contra el acoso escolar y los cuentos finalistas.
El cuento ganador se publicará en la revista infantil Barco de papel.
Se destaca la gran participación de autores de diversos lugares: la Argentina, países de América, y de Europa, especialmente de España.
También agradezco la participación de las alumnas de la Escuela Tomasso Gulli, de Regio Calabria, Italia, con la participación de los cuentos La hormiga mi amiga, Una nueva amistad y La magia del pimpollo rosa. y de su maestra de español Clara Baéz, quien nos los ha remitido y que serán publicados en la revista Barco de papel.



Cuento ganador

La fuerza de la unidad - autor: Helí Ronald Leiva Echevarría - seudónimo:

Francisco de Asís. De nacionalidad peruana, vive en Lima, Perú

Finalistas:

cuento: Depredación - autora: Rossana Duarte Martín - Lanzarote - Islas
Canarias


cuento: Mario y sus amigos- autor: Faunier Herán Ríos Jaramillo - De nacionalidad colombiana vive en Cantabria, España

cuento: El príncipe que se convirtió en rana - autora: Manuela Bodas Puente - seudónimo: Pulkas -nacionalidad española - vive en Veguellina de Órbico, León, España

cuento: Isabel - autora: María Angélica Tapia Pérez - nacionalidad chilena - vive en Santiago de Chile

También agradezco la participación de las alumnas de la Escuela Tomasso Gulli, de Regio Calabria, Italia, con la participación de los cuentos La hormiga mi amiga, Una nueva amistad y La magia del pimpollo rosa. y de
su maestra de español Clara Baéz, quien nos los ha remitido y que serán publicados en la revista Barco
de papel.

Araceli Otamendi
directora

domingo, 19 de junio de 2011

Tocar las estrellas con la punta de los dedos





















Cada vez que iba al parque de diversiones, corría a La Estrella. Aquella rueda giratoria, grande como un edificio, era mi favorita entre las atracciones.

Cuando comenzaba a subir, lentamente, experimentaba una desesperación casi dolorosa por llegar a la cima. Al sentirme en el punto más alto, levantaba los brazos y sentía que podía tocar las estrellas.

Se iniciaba el descenso y con él un cosquilleo indescriptible. Cerraba los ojos y dejaba que el vértigo subiera, encendiendo luces de colores, despertando al ángel que dormía en mi interior. “Si morir es tan fácil, no tengo por qué temerlo”... pensaba mientras extinguía mi ser para fundirme con el Universo.

Concluida la rotación del astro metálico, era depositada en el suelo y mi antiguo miedo a la muerte regresaba con punzante insistencia.

Y corría a comprar más entradas, para iniciar una nueva vuelta.


(c) Marié Rojas Tamayo






Ciudad Habana




Cuba




Versión el relato publicado en el libro “De príncipes y princesas”, editorial El Far, Mallorca.

dibujo: Ray Raspall Rojas

jueves, 24 de marzo de 2011

cuento: El planeta azul - Marié Rojas




















Muy lejos de aquí está situado un mundo donde todas las criaturas solían ser azules. Azules eran no sólo el cielo y las aguas, sino las plantas, las mariposas, las aves, los elefantes, las jirafas, los gatos, los perros y los Índigos, que era como se llamaban las personas que lo poblaban.

Conocían los demás colores, y a veces los usaban en sus casas, en las portadas de sus libros, en sus adornos o en sus pinturas, pero no concebían un ser vivo que no fuera azul, porque era lo que habían visto desde el principio de los tiempos.

Pero sucedió que un día nació un niño de color rosa. Por lo demás era parecido a cualquier otro Índigo, incluso en la sonrisa, pero esto no lo notaron sus compañeros de escuela, ni sus maestros, ni sus vecinos o amigos del barrio, que siempre lo trataban como si fuera un ser inferior o diferente, por esa tontería del color.

Se les olvidaba pensar que cada uno de nosotros – y de ellos – es diferente al otro, porque no nos gustan los mismos libros, o los mismos juegos, o pensamos distinto: a algunos nos gusta bailar, a otros pintar, a otros ir al cine, a otros cantar, a otros coleccionar sellos, a otros mirar a las estrellas... Y esta diferencia, en cambio nadie la nota, ni aquí, ni allá.

El caso es que Rosado – así le pusieron sus padres, que no encontraron mejor modo de llamarlo, a pesar de que lo amaban mucho porque el amor de los padres es incondicional -, siempre se sintió discriminado por su color, y esto era muy triste, porque era un muchacho muy despierto e inteligente.

A pesar de que estudió botánica y se graduó con honores en la Universidad, no se le permitió trabajar como investigador sino como jardinero. No obstante, fue tan bueno en su profesión, tan original y creativo, que terminó trabajando de jardinero en el palacio real.

Todos los días miraba, mientras plantaba, podaba y regaba las lindas flores de los jardines reales, a la princesa Celeste pasearse por los laberintos de árboles que él construía con precisión, semejando islas, corceles, figuras mitológicas como grifos, dragones o esfinges, o gigantescas mariposas que al golpe del viento movían sus alas compuestas de hojas azules.

La princesa era muy bella y el jardinero la amaba en silencio, pero no se atrevía a confesarle sus sentimientos, porque sabía que por la diferencia de su color nunca sería aceptado. Ella no parecía notar mucho su color rosado, pues se sentaba y conversaba con él largo rato; hablaban no sólo de las flores y las plantas, sino de la inmensidad del Universo, de la amistad y de las maravillas aún por descubrir en mundos inexplorados.

Mas el muchacho, a pesar de que disfrutaba enormemente estos ratos junto a ella, sabía que de ser descubierta su amistad, le sería prohibido mirar siquiera a su amada...

Un día, una extraña epidemia comenzó a azotar a los niños y niñas del reino Índigo. Extrañas manchas de color rojo les salían en la piel, ardiéndoles y dándoles mucha picazón, si las rascaban, era peor, porque se convertían en ronchas... Así no se podía ir a la escuela, ni salir a pasear o a hacer visitas; peor aún, los padres no podían ir a trabajar porque tenían que quedarse en casa a cuidar a sus hijos enfermos.

Si la enfermedad seguía extendiéndose, el reino iría a la ruina, nadie asistía a las fábricas, a las oficinas o a los centros comerciales; hasta los parques estaban vacíos, ¿quién va a querer jugar con esas manchas tan molestas y piconas?

El rey ordenó a sus médicos, científicos y farmacéuticos que buscaran entre las medicinas existentes alguna que curara el mal de las manchitas rojas. Muchos de ellos se excusaron, porque tenían que cuidar que sus niños no se rascaran demasiado o se le infectaran las ronchas, pero los que quedaron disponibles tampoco pudieron hallar la solución.

El soberano de los Índigo lanzó entonces una proclama, anunciando que aquel que descubriera el remedio para la enfermedad que azotaba a los pequeños, se casaría con la princesa Celeste.

Pasaron tres días sin que nadie respondiera a su llamado, ya todos los niños del reino se rascaban sin cesar y estaban llenos de pequeñas ronchas rojas... ¡Y pensar que hasta no hace mucho sus padres despreciaban todo lo que no tuviera color azul!

Al amanecer del cuarto día tocó a las puertas de palacio el joven Rosado, pidiendo ser llevado inmediatamente ante el monarca: ¡había descubierto el remedio para las manchas rojas en una flor que crecía en todos los jardines! Un simple cocimiento con sus hojas y en 24 horas los niños estarían curados.

Mientras los heraldos reales cabalgaban por el reino anunciando la solución y los padres corrían a hacer cocimientos con aquellas flores, el rey de los Índigo enfrentaba un dilema: Hasta el momento había despreciado a Rosado por su color, había hecho que trabajara de jardinero a pesar de saber que era un excelente botánico, y ahora debía cumplir la promesa de casarlo con su hija... Por ironías del destino, el futuro del reino estaría en manos de alguien de piel distinta a la suya.

Consultó con su hija, y para su sorpresa, la princesa Celeste le dijo que había aprendido a amar al joven Rosado por la belleza de su alma, por su inteligencia y por sus buenos sentimientos, sin mirar jamás el color de su piel.

Rosado casi se desmaya de alegría al oír tal confesión, pero se aconsejó mejor y corrió a abrazar a su novia. De este modo, el rey no tuvo más remedio que aceptarlo como su yerno y anunció la boda para el día siguiente.

Al otro día, todos los niños del reino estaban en las puertas del palacio, pidiendo ver a Rosado, para agradecerle por su rápida curación. Los padres habían tenido que reincorporarse a sus puestos de trabajo, pero no paraban de enviar telegramas, cartas, tarjetas y flores para el salvador de sus hijos. De este modo la ceremonia estuvo plena de alegría, con muchos pequeños invitados correteando por los jardines.

uando Rosado y Celeste tuvieron un hijo, y vieron que era un precioso bebé de color violeta, lo abrazaron y dijeron que era el niño más lindo que puede imaginarse. El rey estuvo de acuerdo.

Al poco tiempo nació en una familia otro niño color de rosa, y luego una niña, y en otra nacieron gemelos, y pronto hubo muchos niños rosados en el planeta azul. Mas no tenía importancia, porque lo que los hacía especiales era la película preferida, el libro más leído, lo que habían soñado, si les gustaba jugar con pelotas o a los escondidos, coleccionar sellos, minerales, postales, monedas o flores...

De esto que les cuento hace mucho, mucho tiempo. Ahora en ese planeta lejano todos son de color violeta, aunque a veces todavía nace un bebé de tonos rosados o azules... Pero eso no sorprende a nadie.

(c) Marié Rojas


Cuba


Ilustración: Pilar Ribas

domingo, 20 de febrero de 2011

El rey embrujado















Había una vez un rey que de tan enojado parecía embrujado.
¿Estás enojado le preguntaban? Sí, decía el rey, porque no funciona la televisión. Pero si todavía no se ha inventado, le dijo el mago que vivía en el palacio. Entonces inventála ¿para qué sos mago? Y el mago inventó la televisión. Y el rey miró televisión durante unas horas hasta que se aburrió. En el palacio había una fiesta y el rey le pidió al mago que hiciera el truco del conejo y la galera. El mago preparó entonces el truco: buscó una mesa, una tela negra, una varita mágica, una galera, pero el conejo no estaba por ninguna parte. Ya sé pensó el mago, haré aparecer una flor, una azucena bien blanca y se la ofreceré al rey. Entonces, en el salón del palacio repleto de gente el mago hizo el truco: cubrió la galera con un pañuelo rojo, después con uno azul, le agregó un pañuelo amarillo, y otro verde y uno turquesa. Después tocó tres veces la galera con la varita mágica: y apareció una flor tan fresca que parecía recién cortada y se la dio al rey. Pero al rey no le gustó porque esperaba un conejo. El mago fue despedido esa misma noche y no pudo volver al palacio. Entonces llamaron al hechicero y le pidieron que hiciera algunos trucos de magia, para probarlo. Le dijeron: queremos que transformes esta flor en un conejo. El hechicero miró al rey y a las demás personas que estaban en la corte, pronunció unas palabras mágicas y el conejo apareció. Pero eso tampoco conformó al rey que permanecía enojado. El hechicero se ofreció a hacer otros trucos, por ejemplo, de la misma galera que había sacado el conejo el hechicero sacó fruta silvestre. Pero nada conformaba al rey. El hechicero cansado de tanto hacer trucos que no conformaban al rey partió a la mañana siguiente del palacio. Empezó a llover entonces durante días y noches sin parar. Llovía y llovía de una manera tan terrible, era una lluvia intensa, pertinaz, el campo verde se habia cubierto de agua y en lugar de caminar se utilizaban botes para ir de un lugar a otro. El rey seguía enojado y mandó a llamar al bufón. Y el bufón miró al rey y le dijo:


la lluvia inmensa llega a las puertas del palacio
haz que venga un duende que seque las aguas y desaparezcan

Y entonces el rey envió a un mensajero al bosque a buscar un duende para que se ocupara de secar las aguas. El mensajero fue entonces a buscar al duende que secaba las aguas. Y el duende llamó entonces a los demás duendes del bosque para construir canaletas por donde las aguas podrían escurrirse y así secar el campo. Entre todos los duendes hicieron muchas canaletas y el agua corrió directamente hacia el mar.
Entonces el rey sonrió por primera vez en mucho tiempo, parecía que el rey no estaba más enojado, que el embrujo se había terminado y quiso que el duende se quedara a vivir en el palacio pero el duende ya había regresado a su casa entre los árboles del bosque.
El bufón le sugirió entonces al rey que fuera a visitar al duende a su casa. El rey pensó que no correspondía que el hiciera una visita a la casa del duende en el bosque, ¿dónde viviría? ¿cómo viviría un duende? ¿Podría pasar él por la puerta? El rey dudaba. Sin embargo, el recuerdo de las aguas bajando por las canaletas, escurriéndose a través del campo, desembocando en el mar pudo más que las dudas. Se cambió, subió al caballo ensillado y se fue galopando hasta el bosque. Durante un rato se desorientó. Sería difícil andar buscando la casa del duende. ¿A quién podría preguntar? Y cuando pensó esto apareció un pájaro blanco volando insistentemente cerca de él, y el rey lo tomó como un presagio y lo siguió. El pájaro condujo al rey a través del bosque hasta un árbol enorme. Tenía más de cien metros de altura. Miró hacia la copa del árbol. Tal vez la casa estuviera ahí. ¿Cómo comunicarse con el duende? Se le ocurrió escribirle un mensaje. Tomó una hoja seca que había en el suelo y con una pluma le escribió una carta al duende diciéndole que lo quería ver. Cuando el rey terminó de escribir la carta un pájaro blanco levantó la hoja en su pico y la llevó directamente hasta la casa de los duendes del bosque.
Uno de los duendes de la casita leyó la carta en voz alta: el rey quería hablar con el duende que había estado en el palacio. Entre todos los duendes decidieron invitar al rey a la casita del bosque y así lo hicieron por intermedio del pájaro que llevó el mensaje de ellos hasta el rey. Le habían escrito una carta en una hoja seca y doblada adentro de la cáscara de una nuez. El pájaro entregó la carta al rey y éste se entusiasmó: iría a la casa de estos personajes por primera vez. El pájaro señaló el camino adentro del bosque. Cuando llegaron al árbol altísimo, se abrió la puerta mágica en el tronco y el rey pasó por ahí. La puerta volvió a cerrarse detrás del rey. El tronco estaba alumbrado por luciérnagas y el rey pudo ver el camino: tenía que subir una escalera que iba por dentro del árbol. Y mientras iba subiendo veía a algunos duendes regando pequeñas plantas y flores, bañando luciérnagas, vistiendo mariposas. Y escuchó una música muy parecida al sonido de los pájaros del bosque en la primavera. Subió y subió muchos escalones. Cuando el rey llegó a lo más alto de la escalera se encontró en la copa del árbol. Estaba lleno de hojas y flores. Los demás árboles del bosque eran más pequeños. Miró hacia arriba, vio el cielo azul límpido. Algunas nubes con forma de caballos pasaban cercanas. Le pareció mentira estar ahí, tan cerca y a la vez tan lejos del palacio. Quería quedarse ahí para siempre. Y cuando pensó esto apareció el duende, casi del tamaño de la mano del rey.
El duende le mostró la nueva mariposa que había nacido hacía instantes y el rey admiró los colores azules y violetas brillantes como seda que el insecto lucía en las alas. Podrás quedarte cuanto tiempo quieras dijo el duende, todas las veces que quieras venir aquí serás bien recibido.
El duende dejó volar la mariposa que agitó las alas delante del rey y desapareció de su vista en instantes. El rey decidió entonces volver al palacio. Podría volver a ese refugio cuantas veces quisiera, era amigo de los duendes, comprendía su lenguaje.

(c) Araceli Otamendi - Barco de papel

jueves, 9 de diciembre de 2010

Pepita Catalina se perdió









¿Dónde está mi Pepita Catalina? –preguntó Cecilia, con ganas de llorar. Esa noche se quedaría a dormir con sus abuelos, pero sin su muñeca de trapo al lado, el sueño no vendría nunca.

-Yo no la vi- dijo Bernardo- Acá, con mis herramientas, no está- y siguió arreglando su grúa verde. -Si la encuentro desarmada, le pongo tornillos y te la doy.

Gabriel, por su parte, exclamó:

- Yo tampoco la vi. Estoy luchando contra los monstruos ¡No sé si ellos se la llevaron, pero les ganaré y la traeré de vuelta para la noche, te lo aseguro, Cecilia!

El bebé Vittorio sólo hizo BRRRRRRRRRRR Ta Ta- (Él todavía no sabe hablar, pero seguro que quiso decirle a Cecilia):

Yo tampoco la vi. Si la encuentro en mi cuna, te la doy. Sólo necesito a mi elefante azul para dormir…)

Cecilia se sintió cada vez más triste, tanto, que hasta se le desenrularon no solamente los rulos, ¡sino hasta sus pestañas! Su naricita se perdió entre los cachetes y dos lágrimas panzonas bajaron de sus ojos.

-¿Dónde está mi Pepita Catalina? ¿Cómo haré para dormir sin ella en la casa de la abuela? Si no la tengo conmigo, el sueño no vendrá.

En ese momento, llegó Dorotea, la vecina coqueta de enfrente. Cuando se enteró de lo que sucedía, dijo, resuelta:

-¡Pero querida, comprate una MELANIE, la muñeca que está de moda! ¿Para qué tener una de trapo si MELANIE es como las modelos de televisión? Pepita Catalina es una antigüedad.

Pero yo la quiero mucho- dijo bajito, la nena- es suave y blandita. La hicimos con la abuela en una tarde de lluvia. Ella la cosió y yo le ayudé. Le pusimos peluquita y botitas en los pies…Y otras dos lágrimas fueron bajando de sus ojos…

En ese momento sonó el teléfono. Era Lilú, la bibliotecaria. Preguntaba por la dueña de la muñeca.

-¡Hola! ¿Cecilia? - ¿Recordás que vinieron hace un rato, con la abuela, Bernardo, Gabriel y el bebé Vittorio a buscar cuentos? Hay algo que olvidaste…

¡A Pepita Catalina!- exclamó, casi segura, Cecilia.

-¡Sí!- respondió Lilú- La dejaste en el estante de los cuentos de brujas. Ella se quedó leyéndolos…Recién la vi. Al salir, te la alcanzaré. También llevaré los libros que le gustaron.

Esa noche, la abuela leyó a todos, muchos cuentos de brujas y Cecilia logró dormir feliz con Pepita Catalina.

(c)María Alicia Esain

Navarro

Provincia de Buenos Aires

domingo, 5 de diciembre de 2010

El día que no salió el sol - Marié Rojas Tamayo






EL DÍA QUE NO SALIÓ EL SOL

Cuento infantil

de Marié Rojas Tamayo

Ilustrado por Sarah Graziella Respall Rojas

EL DÍA QUE NO SALIÓ EL SOL


Aquella mañana los animalitos diurnos demoraron en despertarse. Los nocturnos hicieron horas extra esperando a que se marchase la oscuridad. Pero pasado un tiempo, comenzó a ser evidente que el sol no iba a salir. El murciélago voló a averiguar qué pasaba y regresó con la noticia:

Una nube inmensa, pesada y oscura, cubría al pobre sol, atrapado tras su sombra, sin posibilidad de anunciarse con uno de sus amaneceres coloridos.


Inmediatamente convocaron una asamblea. Los animales se reunieron alrededor de la sabia abejita, quien les dijo: “Hermanos, hay que rescatar al sol de esta nube que lo tiene preso, debemos encontrar una solución”.


Las mariposas propusieron alzar su vuelo lo más alto posible y batir alas con todas sus fuerzas… sabido es que el viento empuja a las nubes, llevándoselas a otras regiones. Allá volaron en bandadas. Pero por más que lo intentaron, la intrusa no se movió ni un poquito. Regresaron agotadas.


Habló la mamá de una familia de osos y propuso tirarle piedras a la nube; tal vez la asustaran y lograran que se marchara. Comenzó una andanada de piedras a volar por los aires. Pero descendieron a toda prisa para caer en la cabeza de los que no corrieron a esconderse.


Las arañas tejedoras propusieron hacer una gran red y atrapar a la nube, tirar de ella y llevarla lejos. Nadie estuvo de acuerdo porque una vez hecha la red no sabrían como hacer caer en ella al nubarrón…


Entonces un zunzún a quien nadie hacía caso, porque era el ave más pequeña del mundo, les dijo: “Ayer volé cerca de unos niños, les escuché decir que las nubes están hechas de gotas de agua y que si se canta muy alto se hace que estas gotas caigan. No sé si es verdad, ¡pero vale la pena probar!”.

Estuvieron de acuerdo. Cantar una canción no es difícil como cazar la nube en una red, ni fatigoso como abanicarla para que se marche, ni peligroso como lanzar piedras. Haciendo un gran coro, los animales comenzaron a cantar para que la nube se transformara en lluvia y dejara libre al sol. Aullaban los lobos, trinaban las aves, gruñían los osos, bramaban los ciervos, chillaban las ardillas…

Hasta la serpiente sorprendió a todos con su melodiosa voz.


De pronto, una gota cayó sobre la cabeza de la lechuza, que voló gritando: “¡Más, más, más!” El canto se elevó, a esa gota le siguió otra, ya eran millones, mientras la nube se iba desvaneciendo, dando paso a los primeros rayos de luz. Cuando quedaban apenas unas gotitas, el sol las transformó en un bello arco iris, agradeciendo a los animalitos su canción.


De este modo comenzó el nuevo día. No sabemos si fue gracias a la canción que la nube se transformó en lluvia, o si era un cuento más de los que suele inventar el zunzún, tan pequeñito como juguetón. ¡Lo cierto es que valió la pena intentarlo!

(c)Marié Rojas Tamayo

(c)Ilustraciones: Sarah Graziella Respall Rojas, 9 años

4to grado

Escuela Pepito Mendoza


Cuba

viernes, 12 de noviembre de 2010

El hombrecito blanco y el misterio de las hadas









EL HOMBRECITO BLANCO Y EL MISTERIO DE LAS HADAS

"Trabajamos a tientas,
el universo es fluido y cambiante,
el lenguaje rígido"(1)
Jorge Luis Borges

Araceli Otamendi

Con la boca abierta, las luces prendidas -eran intensas-, la máscara blanca, la música funcional y elperfume del clavo de olor, resistía.

Como siempre, cuando iba al dentista. Esta vez era ella, una mujer, joven, unos treinta. Profesional, bajó mi asiento, no sé cómo hizo hasta que mi cabeza estuvo casi en línea paralela a la de mis pies. Me sentí frágil. Había llevado un libro de los impresionistas. Por suerte comparaban a unos con otros, pude leerlo en la sala de espera. Ahí estaban Monet, Cezanne, Pizarro, Gauguin, Van Gogh, Degas. Me había propuesto pensar en todos ellos y hasta me hice una promesa: pintar diariamente, como en otras épocas. Todo eso con tal de no volver a sentir el dolor, ese desgarro.

Ahora, estaba en manos de ella, de esa mujer bajita que me miraba mientras la luz de la lámpara del techo no se conmovía ante mis ojos.

Cuando aplicó la primera inyección de anestesia empecé a pensar en los nenúfares de Monet. Celestes, húmedos, flotan en el agua. A los pocos minutos ya estaba en un campo de trigo. En los siguientes, veía alas bailarinas de Degas moviéndose en la escena. Mezclé imaginariamente los colores en la paleta. Elamarillo de cadmio con el azul ultramar daba bien. mientras el rosa, mezcla de blanco y rojo púrpura, sería perfecto para la combinación que pretendía alcanzar. Cerraba los ojos y veía el lienzo y las pinceladas, lo haría con espátula, le daría intensidad, cuerpo a la materia.

Ella, la dentista era implacable. Me preguntó varias veces si se me había dormido la lengua. El cosquilleo era intenso, resignada afirmé con un leve movimiento de cabeza.

Afuera era un día lindo, de cielo azul y sol. Enfrente, a través del vidrio se veía un edificio, paredes grises yalguna ventana. Algunas plantas, donde sobrevivían algunas hojas y nuevos brotes saludaban desde elverde claro. Intenté pensar en eso: el renacimiento de las plantas, las hojas nuevas. El renacer de la vida. Quería olvidar el dolor de muelas.

La dentista arremetió nuevamente. No podía ver con qué instrumentos horadaba mi boca, mis dientes, mis encías. Mi pensamiento estaba fijo ahora en el río, en el agua.

Durante algunos momentos me detenía en el oleaje del Río de la Plata, era un día diáfano, el cielo limpio yazul. Algunos barcos navegaban. Tenían las velas desplegadas, multicolores, eran un buen espectáculo.

En otros, estaba frente a un manantial de agua cristalina.

Fue entonces cuando lo vi. Al hombrecito aquél, colgado del techo. Estaba ahí como un marciano, como un extraterrestre a punto de atacarme. Caería sobre mí esa extraña criatura de algún planeta. Elhombrecito, tan chico mirándome desde la lámpara del techo. Vestido de blanco, como un astronauta. ¿Por qué no iba a creer en eso? Si hasta Arthur Conan Doyle escribió un libro sobre las hadas y sus misterios. En resumen lo cuento: dos niñas pequeñas juegan en un jardín y ven unas hadas. Las fotografíany muestran las fotos a los adultos. Éstos las mandan a examinar. Las pruebas dicen que las fotos no están trucadas.

Durante años persiguen a las niñas infinidad de curiosos. Finalmente, una de las niñas, cuando llega a vieja, devela el misterio: las hadas eran figuras de papel recortadas. La otra, más crédula, sostiene la verdad, su verdad, ¿cuál es la verdad?: las hadas existieron, jugaban en el jardín y ellas las fotografiaron: eran verdaderas.

El hombrecito está a punto de lanzarse sobre mi cabeza, no puedo gritar, no puedo hacer nada en esta situación. sólo imaginar que ha venido de viaje para ayudarme. Para escapar de ahí, donde aprisionada, soy nada más que una boca donde la dentista sigue con su experimento.

El perfume del clavo de olor es persistente. Ahora entra una ayudante, es una mujer más joven todavía. La dentista se relaja. Los movimientos se hacen más suaves en mi boca. La ayudante comenta con minuciosidad un día de su vida, cuando llega a la casa y se pone a jugar con los hijos. Son niños, juegan en una terraza. El más chico riega las plantas, la niña juega en el agua de una pileta de plástico. Más tarde, los lleva al pelotero a jugar durante más de una hora, a perderse en un laberinto de esferas y colores. El relato fluye e inevitablemente, siembra anzuelos en el lecho de la memoria, desprende retazos de recuerdos. Ya casi está terminado, me dice la dentista con voz neutra.

Somos tres mujeres en un consultorio pequeño, el día es diáfano, de un azul intenso. Recuerdo momentos vividos como los que contó la ayudante, así, con mis hijos, cuando eran niños. Agradezco el recuerdo, la remembranza. El hombrecito no está más en el techo. Ha vuelto, seguramente a su lejano planeta. Quién sabe.

(1) de Epílogo, Historia de la noche, Jorge Luis Borges

(c) Araceli Otamendi

cuento publicado en "El baúl de los disfraces" de la Revista literaria "La Casa de Asterión"


http://casadeasterion.homestead.com/v7n25blanco.html


ilustración de Pilar Ribas Maura